sábado, 20 de septiembre de 2014

NUEVA ERA un Cáncer para la fe








LA NUEVA ERA Y LA ESPIRITUALIDAD CRISTIANA 
Los promotores de la Nueva Era la definen como una « nueva espiritualidad ». El resultado es una mística cósmica basada en la toma de conciencia de un universo rebosante de energías dinámicas. Así, la energía cósmica, la vibración, la luz, dios, el amor –incluso el Ser supremo– todo se refiere a la misma y única realidad, la fuente primaria presente en todo ser. 
Básicamente una forma nueva de gnosis.
Diversos autores ven la espiritualidad de la Nueva Era como una especie de narcisismo espiritual o pseudo-misticismo. Es interesante notar que esta crítica ha sido formulada incluso por David Spangler, un importante exponente de la Nueva Era, escribió que en las formas más populares de la Nueva Era « los individuos y los grupos viven sus propias fantasías de aventura y poder, generalmente de forma ocultista o milenarista... La característica principal de este nivel es la adhesión a un mundo privado de satisfacción del ego y el consecuente alejamiento (aunque no siempre sea evidente) del mundo. En este nivel, la Nueva Erase ha visto poblada por seres extraños y exóticos, maestros, adeptos, extraterrestres. Es un lugar de poderes psíquicos y misterios ocultos, de conspiraciones y enseñanzas escondidas ».
David Toolan, un jesuita americano que pasó varios años en el ambiente de la Nueva Era, analiza el aspecto comercial de muchos productos y terapias que llevan la etiqueta Nueva Era (New Age).Observa que los seguidores de la Nueva Era han descubierto la vida interior y se sienten fascinados por la perspectiva de ser responsables del mundo, pero que también se dejan vencer fácilmente por una tendencia al individualismo y a enfocarlo todo como objeto de consumo. En este sentido, aunque no sea cristiana, la espiritualidad de la Nueva Era tampoco es budista, por cuanto no implica la negación de sí mismo. El sueño de una unión mística parece conducir, en la práctica, a una unión meramente virtual que, al cabo, deja a las personas aún más solas e insatisfechas.   
  

En los días primeros del cristianismo, los creyentes en Jesucristo se vieron forzados a hacer frente a las religiones gnósticas. 
 La creencia gnóstica en fuerzas cósmicas y en una especie de oscuro destino elimina la posibilidad de una relación con el Dios personal revelado en Cristo. Para los cristianos, el verdadero Cristo cósmico es el que está presente activamente en los diversos miembros de su cuerpo, que es la Iglesia. No dirigen su mirada a fuerzas cósmicas impersonales, sino al amor afectuoso de un Dios personal.  La concepción cristiana de Dios es la de una Trinidad de Personas que ha creado la raza humana deseando compartir la comunión de la vida trinitaria con las personas creadas. Entendido adecuadamente, esto significa que la auténtica espiritualidad no consiste tanto en nuestra búsqueda de Dios, sino en que Dios nos busca a nosotros. 
En los círculos de la Nueva Era se ha hecho popular otra visión, completamente distinta, del significado cósmico de Cristo. El Cristo Cósmico es el guía de un nuevo éxodo de la servidumbre y de las ideas pesimistas de un universo mecanicista, newtoniano, lleno de competitividad, ganadores y perdedores, dualismos, antropocentrismo, y del aburrimiento que sobreviene cuando nuestro maravilloso universo se describe como una máquina privada de misterio y misticismo. Para la Nueva Era, el Cristo Cósmico aparece como un modelo que puede repetirse en muchas personas, lugares o épocas. Es el portador de un enorme cambio de paradigma. Es, en definitiva, un potencial dentro de nosotros. 
Según la doctrina cristiana, Jesucristo no es un simple modelo. Es una persona divina cuya figura humano-divina revela el misterio del amor del Padre hacia cada persona a lo largo de la historia (Jn3, 16). Vive en nosotros porque comparte su vida con nosotros, pero ésta ni se nos impone ni es automática. Todos los seres humanos están invitados a compartir su vida, a vivir « en Cristo ».   
  
  
Para los cristianos, la vida espiritual consiste en una relación con Dios que se va haciendo cada vez más profunda con la ayuda de la gracia, en un proceso que ilumina también la relación con nuestros hermanos. La espiritualidad, para la Nueva Era, significa experimentar estados de conciencia dominados por un sentido de armonía y fusión con el Todo. Así, « mística » no se refiere a un encuentro con el Dios trascendente en la plenitud del amor, sino a la experiencia provocada por un volverse sobre sí mismo, un sentimiento exaltante de estar en comunión con el universo, de dejar que la propia individualidad se hunda en el gran océano del Ser.

Las técnicas y métodos que se ofrecen en este sistema religioso inmanentista, que carece del concepto de Dios como persona, proceden « desde abajo ». Aunque implican un descenso hasta las profundidades del propio corazón o de la propia alma, constituyen una empresa esencialmente humana por parte de la persona que busca elevarse hasta la divinidad mediante sus esfuerzos. Con frecuencia es un « ascenso » del nivel de conciencia hasta lo que se entiende como una percepción liberadora del « dios interior ». No todos tienen acceso a tales técnicas, cuyos beneficios quedan restringidos a una « aristocracia » espiritual privilegiada. 
Por el contrario, el elemento esencial de la fe cristiana es que Dios se abaja hacia sus criaturas, particularmente a los más humildes, a los más débiles y menos agraciados según los criterios del « mundo ». Hay algunas técnicas espirituales que conviene aprender, pero Dios es capaz de soslayarlas e incluso de prescindir de ellas. Para un cristiano « su modo de acercarse a Dios no se fundamenta en una técnica, en el sentido estricto de la palabra. Eso iría en contra del espíritu de infancia exigido por el Evangelio. La auténtica mística cristiana nada tiene que ver con la técnica: es siempre un don de Dios, cuyo beneficiario se siente indigno ».
Para los cristianos, la conversión consiste en volverse al Padre, por medio del Hijo, dóciles al poder del Espíritu Santo. Cuanto más se avanza en la relación con Dios –que es siempre y en todos los casos un don gratuito–, más aguda es la necesidad de convertirse del pecado, de la miopía espiritual y de la autocomplacencia, cosas todas que impiden un abandono confiado de sí en Dios y una apertura a los demás. 
Todas las técnicas de meditación necesitan purificarse de la presunción y de la ostentación. La oración cristiana no es un ejercicio de contemplación de sí mismo, quietud y vaciamiento de sí, sino un diálogo de amor, que « implica una actitud de conversión, un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios ». Conduce a un sometimiento cada vez más completo a la voluntad de Dios, mediante el cual se nos invita a una solidaridad profunda y auténtica con nuestros hermanos y hermanas. 
  
 El « dios interior » y la « theosis »   
Este es un punto de contraste entre la Nueva Era y el cristianismo. En la literatura New Age abunda la convicción de que no existe un ser divino « ahí afuera » o que sea de alguna manera distinto del resto de la realidad. Desde Jung en adelante, ha habido toda una corriente que profesaba una creencia en « el dios interior ». Desde la perspectiva de la Nueva Era, nuestro problema consiste en la incapacidad de reconocer nuestra propia divinidad, una incapacidad que puede superarse con ayuda de un guía y usando toda una serie de técnicas para liberar nuestro potencial (divino) escondido. La idea fundamental es que « Dios » se encuentra en el fondo de nuestro interior. Somos dioses y descubrimos el poder ilimitado que hay dentro de nosotros despojándonos de las capas de inautenticidad.

Resulta difícil separar los elementos individuales de la religiosidad de la Nueva Era, por inocentes que puedan parecer, de la estructura general que penetra todo el mundo conceptual del movimientoNueva Era. La naturaleza gnóstica de este movimiento exige que se lo juzgue en su totalidad. Desde el punto de vista de la fe cristiana, no es posible aislar algunos elementos de la religiosidad de la Nueva Era como aceptables por parte de los cristianos y rechazar otros. Puesto que el movimiento de la Nueva Era insiste tanto en la comunicación con la naturaleza, en el conocimiento cósmico de un bien universal –negando así los contenidos revelados de la fe cristiana–, no puede ser considerado como algo positivo o inocuo. En un ambiente cultural marcado por el relativismo religioso, es necesario alertar contra los intentos de situar la religiosidad de la Nueva Era al mismo nivel que la fe cristiana, haciendo que la diferencia entre fe y creencia parezca relativa y creando mayor confusión entre los desprevenidos. 
Es por ello necesario identificar con precisión los elementos que pertenecen al movimiento Nueva Era, que no pueden ser aceptados por quienes son fieles a Cristo y a su Iglesia. 
 El concepto de Dios propio de la Nueva Era es un tanto vago, mientras que el concepto cristiano es muy claro. El Dios de la Nueva Era es una energía impersonal, en realidad una extensión o componente particular del cosmos; Dios en este sentido es la fuerza vital o alma del mundo. La divinidad se encuentra en cada ser, en una gradación que va « desde el cristal inferior del mundo mineral hasta e incluso más allá del mismo Dios Galáctico, del cual no podemos decir absolutamente nada, salvo que no es un hombre, sino una Gran Conciencia ».En algunos escritos « clásicos » de la Nueva Era, está claro que los seres humanos deben considerarse a sí mismos como dioses, lo cual se desarrolla en unas personas más plenamente que en otras. Ya no hay que buscar a Dios más allá del mundo, sino en lo hondo de mi yo Incluso cuando « Dios » es algo exterior a mí, está ahí para ser manipulado.   
Esto es muy diferente de la concepción cristiana de Dios, Creador del cielo y de la tierra y fuente de toda vida personal. Dios es en sí mismo personal, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y ha creado el universo a fin de compartir la comunión de su vida con las personas creadas. « Dios, que “habita una luz inaccesible”, quiere comunicar su propia vida divina a los hombres libremente creados por él, para hacer de ellos, en su Hijo único, hijos adoptivos. Al revelarse a sí mismo, Dios quiere hacer a los hombres capaces de responderle, de conocerle y de amarle más allá de lo que ellos serían capaces por sus propias fuerzas ».Dios no se identifica con el principio vital entendido como el « Espíritu » o « energía básica » del cosmos, sino que es ese amor, absolutamente diferente del mundo, que está sin embargo presente en todo y conduce a los seres humanos a la salvación.   
En la literatura de la Nueva Era Cristo es presentado con frecuencia como un sabio, un iniciado o un avatar entre muchos, mientras que en la tradición cristiana es el Hijo de Dios.  
  
La tendencia a confundir la psicología y la espiritualidad aconseja recalcar que muchas de las técnicas de meditación ahora en uso no son oración. A menudo son una buena preparación para la oración, y nada más, aun cuando conduzcan a un estado de placidez mental o de bienestar corporal. Las experiencias que se obtienen son realmente intensas, pero quedarse en ese plano es quedarse solo, sin estar todavía en presencia del Otro. Alcanzar el silencio puede enfrentarnos al vacío más que al silencio contemplativo del amado. También es cierto que las técnicas para profundizar en la propia alma son, en definitiva, una llamada a nuestra propia capacidad de alcanzar lo divino, o incluso a llegar a ser divinos. Si descuidan que es Dios quien va en búsqueda del corazón humano, no son oración cristiana. Aun cuando se considera como un vínculo con la Energía Universal, « esta “relación” fácil con Dios, donde la función de Dios se concibe como la satisfacción de todas nuestras necesidades, revela el egoísmo que hay en el corazón de la Nueva Era ».
  
Las prácticas de la Nueva Era no son realmente oración, pues suelen tratarse de introspección o de fusión con la energía cósmica, en contraste con la doble orientación de la oración cristiana, que comprende la introspección pero que es, sobre todo, un encuentro con Dios. La mística cristiana, más que un mero esfuerzo humano, es esencialmente un diálogo que « implica una actitud de conversión, un éxodo del yo del hombre hacia el Tú de Dios ».« El cristiano, también cuando está solo y ora en secreto, tiene la convicción de rezar siempre en unión con Cristo, en el Espíritu Santo, junto con todos los santos para el bien de la Iglesia ».

En la Nueva Era no existe un verdadero concepto de pecado, sino más bien el de conocimiento imperfecto. Lo que se necesita es iluminación, que puede alcanzarse mediante particulares técnicas psicofísicas. A quienes participan en actividades de la Nueva Era no les dirán qué tienen que creer, qué tienen que hacer o no hacer, sino: « Hay mil maneras de explorar la realidad interior. Ve adonde te conduzcan tu inteligencia y tu intuición. Confía en ti ».La autoridad se ha trasladado de Dios al interior del yo. Para la Nueva Era, el problema más serio es la alienación respecto a la totalidad del cosmos, en lugar de un fracaso personal o pecado. El remedio consiste en lograr estar cada vez más inmerso en la totalidad del ser. En algunos escritos y prácticas de la Nueva Era, está claro que una sola vida no basta, por lo que tiene que haber reencarnaciones que permitan a las personas realizar su potencial pleno. 
  
En la perspectiva cristiana, « la realidad del pecado, y más particularmente del pecado de los orígenes, sólo se esclarece a la luz de la Revelación divina. Sin el conocimiento que ésta nos da de Dios no se puede reconocer claramente el pecado, y se siente la tentación de explicarlo únicamente como un defecto de crecimiento, como una debilidad psicológica, un error, la consecuencia necesaria de una estructura social inadecuada, etc. Sólo en el conocimiento del designio de Dios sobre el hombre se comprende que el pecado es un abuso de la libertad que Dios da a las personas creadas para que puedan amarle y amarse mutualmente »« El pecado es una falta contra la razón, la verdad, la conciencia recta; es faltar al amor verdadero para con Dios y para con el prójimo a causa de un apego perverso a ciertos bienes. Hiere la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana... ».« El pecado es una ofensa a Dios... se levanta contra el amor que Dios nos tiene y aparta de Él nuestros corazones... El pecado es así “amor de sí hasta el desprecio de Dios” ».
  
Por un lado, está claro que muchas prácticas de la Nueva Era no plantean problemas doctrinales a quienes las realizan; pero, al mismo tiempo, es innegable que estas prácticas, aunque sólo sea indirectamente, comunican una mentalidad que puede influir en el pensamiento e inspirar una visión particular de la realidad. Ciertamente, la Nueva Era crea su propia atmósfera y puede resultar difícil distinguir entre cosas inocuas y cosas realmente objetables. Sin embargo, conviene darse cuenta de que la doctrina acerca de Cristo difundida en los círculos de la Nueva Era se inspira en las doctrinas teosóficas de Helena Blavatsky, la antroposofía de Rudolf Steiner y la « Escuela Arcana » de Alice Bailey. Sus seguidores contemporáneos no sólo promueven hoy las ideas de estos pensadores, sino que también trabajan con los adeptos de la Nueva Era para desarrollar una comprensión .   

sábado, 13 de septiembre de 2014

NUEVA ERA un Cáncer para la fe

Creencias

Su sistema es un agregado de creencias y de prácticas (sincretismo) a veces mutuamente contradictorias. Con ideas reformuladas por sus partidarios relacionadas con la exploración espiritual, la medicina holística y el misticismo. También se incluyen perspectivas generales en historia, religión, espiritualidad, medicina, estilos de vida y música.
Algunas de estas creencias son reinterpretaciones de mitos y religiones previos, aunque sin ser consistentes con ninguna de ellas; emplean un enfoque del tipo «hágalo usted mismo». Otros grupos recopilan creencias de  religiones o sistemas de creencias fijos, como los clubs u organizaciones fraternales. Por ejemplo, pueden compatibilizar el dogma cristiano de la divinidad de Jesucristo con el karma como mecanismo de justicia, y a la vez negar la existencia del infierno. Es frecuente que rechacen los aspectos más negativos de las mitologías o religiones en que se basan, adoptando los más agradables. Teniendo así,  una gran variedad de creencias a la carta.
La Nueva Era no es un movimiento en el sentido en que normalmente se emplea el término « Nuevo Movimiento Religioso », ni es lo que normalmente se da a entender con los términos « culto » o « secta ». Es mucho más difuso e informal, ya que atraviesa las diversas culturas, en fenómenos tan variados como la música, el cine, seminarios, talleres, retiros, terapias, y en otros muchos acontecimientos y actividades, si bien algunos grupos religiosos o para-religiosos han incorporado conscientemente algunos elementos de la Nueva Era, e incluso algunos han sugerido que esta corriente ha sido fuente de inspiración para varias sectas religiosas y para-religiosas. Sin embargo, la Nueva Era no es un movimiento individual uniforme, sino más bien un entramado amplio de seguidores cuya característica consiste en pensar globalmente y actuar localmente. Quienes forman parte del entramado no se conocen necesariamente unos a otros y raramente se reúnen, si es que llegan a hacerlo. Con el fin de evitar la confusión que puede surgir al usar el término « movimiento », algunos se refieren a la Nueva Era como un « ambiente » (milieu) o un « culto de audiencia » (audience cult). Sin embargo, también se ha señalado que « es una corriente de pensamiento muy coherente », un desafío deliberado a la cultura moderna. Es una estructura sincretista que incorpora muchos elementos diversos y que permite compartir intereses o vínculos en grados distintos y con niveles de compromiso muy variados.
La expresión « religión de la Nueva Era » ejerce su atracción sobre personas que tratan de descubrir o redescubrir una dimensión religiosa en su vida. Muchos han rechazado la religión organizada, porque a su juicio no ha logrado responder a sus necesidades y por ello se han dirigido a otros lugares para encontrar « espiritualidad ». Más aún, en el corazón de la Nueva Era está la creencia de que la época de las religiones particulares ha pasado.No obstante, se puede situar la Nueva Era en el contexto más amplio de la religiosidad esotérica, cuyo atractivo sigue creciendo.
Uno de los elementos más comunes de la espiritualidad de la Nueva Era es la fascinación por las manifestaciones extraordinarias y en particular por los seres paranormales. Las personas reconocidas como médiums aseguran que su personalidad es poseída por otra entidad durante el trance, un fenómeno de la Nueva Era conocido como «  channeling » (canalización), en el cual el médium puede perder el control de su cuerpo y de sus facultades. Algunas personas que han sido testigos de estos acontecimientos no dudarían en admitir que las manifestaciones son efectivamente espirituales, pero no proceden de Dios, a pesar del lenguaje de amor y luz que suele usarse casi siempre... Probablemente sea más correcto referirse a ello como a una forma contemporánea de espiritismo, más que a una espiritualidad en sentido estricto. Otros amigos y consejeros del mundo del espíritu son los ángeles (que se han convertido en centro de un nuevo negocio de libros e imágenes). Estos seres espirituales a veces son invocados de manera « no religiosa » como una ayuda para la relajación, con vistas a mejorar la toma de decisiones y el control de la propia vida personal y profesional. Otra experiencia de la Nueva Era, que aseguran poseer algunos que se autodefinen como « místicos », consiste en la fusión con algunos espíritus que enseñan a través de personas concretas. Algunos espíritus de la naturaleza son descritos como energías potentes que existen en el mundo natural y también en los « niveles interiores »: es decir, aquellos a los que se accede mediante el uso de rituales, drogas y otras técnicas para alcanzar estados de conciencia alterados. 

Está claro que, al menos en teoría, la Nueva Era a menudo no reconoce ninguna autoridad espiritual más allá de la experiencia personal interior. 
  
Armonía , comprensión y buenas vibraciones   
Fenómenos tan diversos como el Jardín de Findhorn y Feng Shui representan una diversidad de estilos que ilustran la importancia de estar en sintonía con la naturaleza y el cosmos. En la Nueva Era no existe distinción entre el bien y el mal. Las acciones humanas son fruto de la iluminación o de la ignorancia. De aquí que no podamos condenar a nadie, y que nadie tenga necesidad de perdón. Creer en la existencia del mal sólo puede crear negatividad y temor. La respuesta a la negatividad es el amor. Pero no del tipo que tiene que traducirse en acciones; es más una cuestión de actitudes de la mente. El amor es energía, una vibración de alta frecuencia; el secreto de la felicidad y de la salud consiste en sintonizar con la gran cadena del ser, de encontrar el propio puesto en ella. Los maestros y las terapias de la Nueva Era afirman ofrecer la clave para encontrar las correspondencias entre todos los elementos del universo, de modo que uno pueda modular la tonalidad de su vida y estar en armonía absoluta con los demás y con cuanto lo rodea, si bien el trasfondo teórico varía de uno a otro.
  
Salud: una vida dorada   
La medicina formal (alopática) tiende en la actualidad a limitarse a curar dolencias aisladas, concretas, y no logra una visión de conjunto de la salud de la persona: esto ha provocado frecuentemente una comprensible insatisfacción. La popularidad de las terapias alternativas ha aumentado enormemente porque aseguran abarcar a la persona en su totalidad y se dedican a sanar más que a curar. Como es sabido, la sanidad holística se centra en el importante papel que desempeña la mente en la curación física. Se dice que la conexión entre los aspectos espirituales y físicos de la persona se encuentra en el sistema inmunológico o en el sistema chakra hindú. Desde la perspectiva de la Nueva Era, la enfermedad y el sufrimiento proceden de una actuación contra la naturaleza. Cuando se está en sintonía con la naturaleza, cabe esperar una vida más saludable e incluso una prosperidad material. Según algunos sanadores de la Nueva Era, en realidad no tendríamos por qué morir. El desarrollo de nuestro potencial humano nos pondrá en contacto con nuestra divinidad interior y con aquellas partes de nuestro yo alienadas o suprimidas. Esto se revela sobre todo en los Estados de Conciencia Alterados (Alterated States of Consciuousness, ASCs), inducidos por las drogas o por diversas técnicas de expansión de la mente, particularmente en el contexto de la « psicología transpersonal ». Se suele considerar al chamán como el especialista de los estados de conciencia alterados, como aquel que es capaz de mediar entre los reinos transpersonales de los dioses y los espíritus y el mundo de los humanos. 
Hay una notable variedad de enfoques que promueven la salud holística, derivados unos de antiguas tradiciones culturales, conectados otros con las teorías psicológicas. La publicidad relacionada con la Nueva Era cubre un amplio espectro de prácticas, tales como la acupuntura, el biofeedback, la quiropráctica, la kinesiología, la homeopatía, la iridología, el masaje y varios tipos de « bodywork » (tales como ergonomía, Feldenkrais, reflexología, Rolfing, masaje de polaridad, tacto terapéutico, etc.), la meditación y la visualización, las terapias nutricionales, sanación psíquica, varios tipos de medicina a base de hierbas, la sanación mediante cristales (cristaloterapia), metales (metaloterapia), música (musicoterapia) o colores (cromoterapia), las terapias de reencarnación y, por último los programas en doce pasos y los grupos de auto-ayuda. Se dice que la fuente de la sanación está dentro de nosotros mismos, que la podemos alcanzar cuando estamos en contacto con nuestra energía interior o con la energía cósmica. 
En cuanto la salud incluye una prolongación de la vida, la Nueva Era ofrece una fórmula oriental en términos occidentales. Originariamente, la reencarnación formaba parte del pensamiento cíclico hindú, basada en el atman o núcleo divino de la personalidad (más tarde, el concepto de jiva), que se trasladaba de cuerpo a cuerpo en un ciclo de sufrimiento (samsara), determinado por la ley del karma, vinculado al comportamiento en las vidas pasadas. La esperanza estriba en la posibilidad de nacer en un estado mejor o, definitivamente, en la liberación de la necesidad de volver a nacer. A diferencia de la mayoría de las tradiciones budistas, lo que vaga de cuerpo en cuerpo no es un alma, sino un contínuum de conciencia. El espiritismo, la teosofía, la antroposofía y la Nueva Era ven la reencarnación como una participación en la evolución cósmica. Este enfoque postcristiano de la escatología se considera como la respuesta a las cuestiones no resueltas por la teodicea y prescinde del concepto de infierno. Cuando el alma se separa del cuerpo, los individuos pueden volver la mirada hacia toda su vida hasta ese instante y cuando el alma se une a su nuevo cuerpo se obtiene una visión anticipada de la siguiente fase de la vida. Uno puede acceder a sus vidas anteriores mediante los sueños y las técnicas de meditación. 
  un viaje mágico al misterio   
Una de las preocupaciones centrales del movimiento Nueva Era es la búsqueda de « totalidad ». Invita a superar todas las formas de « dualismo », ya que dichas divisiones son un producto insalubre de un pasado menos iluminado. Las divisiones que según los promotores de la Nueva Era se deben superar, incluyen la diferencia real entre el Creador y la creación, la distinción real entre el hombre y la naturaleza o entre el espíritu y la materia, todas las cuales son consideradas erróneamente como formas de dualismo. Se da por supuesto que estas tendencias dualistas están basadas en definitiva en las raíces judeocristianas de la civilización occidental, cuando en realidad sería más acertado vincularlas al gnosticismo, y en particular al maniqueísmo. A la revolución científica y al espíritu del racionalismo moderno se los considera culpables especialmente de la tendencia a la fragmentación que considera las unidades orgánicas como mecanismos reducibles a sus componentes más pequeños, así como de la tendencia a reducir el espíritu a la materia, de manera que la realidad espiritual –incluyendo el alma–. En todas estas áreas, las alternativas de la Nueva Era reciben el apelativo de « holísticas ». El holismo impregna todo el movimiento Nueva Era, desde su interés por la salud holística hasta la búsqueda de la conciencia unitiva, y desde la sensibilidad ecológica hasta la idea de un « entramado » global

domingo, 7 de septiembre de 2014

NUEVA ERA un Cáncer para la fe



por Pbro Favio Anselmo Lucero

Inspirado en las recientes certeras y clarificadoras ponencias de la Madre Olga de las Carmelitas de Valladolid  en las redes sociales, a quien agradezco enormemente .
Voy a compartir  con Uds. a modo de aporte sencillo, lo relacionado e investigado personalmente sobre  LA NUEVA ERA.
Mi intencíón y motivación será advertir sobre este movimiento que se opone y es muy perjudicial a la fe Cristina. Ya que diariamente soy testigo de la desorientación de mucha gente sobre sus creencias.

CAPITULO I

SIGNIFICADO DEL NOMBRE Y SU IDEOLOGIA:

 El término Nueva era o New age  se refiere a la Era de Acuario  que vendría y nace de la creencia astrológica de que al pasar el Sol de un signo del zodíaco al siguiente se producirían cambios en la Humanidad.El Sol saldrá de la constelación de Piscis para entrar en Acuario alrededor del siglo XXVII y según otros habría entrado el 4 de febrero de 1962.
Para muchos, el término « Nueva Era » se refiere a un momento decisivo de la historia. Según los astrólogos, vivimos en la Era de Piscis, que ha estado dominada por el cristianismo y que será reemplazada por la nueva era de Acuario a comienzos del tercer milenio.
 La Era de Acuario adquiere una enorme importancia en el movimiento de la Nueva Era, en gran medida a causa del influjo de la teosofía, el espiritismo y la antroposofía, así como de sus antecedentes esotéricos.
Quienes subrayan el inminente cambio del mundo expresan a menudo el deseo de dicho cambio, no tanto en el mundo mismo cuanto en nuestra cultura, en nuestro modo de relacionarnos con el mundo. Aunque , se atribuye un mayor poder a la progresión inevitable de los ciclos naturales. Entre ellas hay visiones moderadas, pero muy generalizadas, de un futuro en el que habrá una espiritualidad planetaria junto a las religiones individuales.
 Entre las tradiciones que confluyen en la Nueva Era pueden contarse: las antiguas prácticas ocultas de Egipto, la cábala, el gnosticismo cristiano primitivo, el sufismo, las tradiciones de los druidas, el cristianismo celta, la alquimia medieval, el hermetismo renacentista, el budismo zen, el yoga, etc.
En esto consiste lo « nuevo » de la Nueva Era. Es un « sincretismo de elementos esotéricos y seculares ». 
  

Los primeros símbolos de este « movimiento » que se introdujeron en la cultura occidental fueron el conocido festival de Woodstock, en el estado de Nueva York, en 1969, y el musical Hair, que expuso los principales temas de la Nueva Era en su canción emblemática « Aquarius . .Algunos han sugerido que el « movimiento » Nueva Era es precisamente ese gran cambio hacia lo que se considera « un género de vida notablemente mejor ».

“Los sacerdotes casados, signo del espíritu (XXI)”.

 por Rufo González

En la Iglesia Latina: actitud y aptitud para animar, servir y unir a las comunidades no valen para ejercer el ministerio, si se carece del celibato
Los sacerdotes en activo, aunque pierdan dichas actitudes y aptitudes, son mantenidos en el ministerio, si mantienen el celibato
Todo ser humano es “signo del Espíritu”

Si “el Espíritu de Dios, que con admirable providencia dirige el curso de los tiempos y renueva la faz de la tierra, está presente en la evolución socioeconómica… y el fermento evangélico en el cora­zón del hombre excitó y excita una irrefrenable exigencia de dignidad” (GS 26), ¿cómo no podemos ver la acción del Espíritu en los sacerdotes casados, personas humanas, amadas por Dios, que piden lo que está de acuerdo con el Evangelio? Es precisamente el “fermento evangélico”, que ellos tienen en su corazón, lo que les “excita a la irrefrenable exigencia de dignidad”, de que sean reconocidas sus actitudes y aptitudes para animar, servir y unir a las comunidades. .
¿Por qué se juzga a un sacerdote en la Iglesia?
Curiosamente estas actitudes y aptitudes no son muy exigidas por la disciplina eclesiástica. ¿Quién no conoce a sacerdotes en ejercicio que carecen de buena parte de actitudes y aptitudes del buen Pastor? Sólo si carece del celibato –cosa que Jesús no tenía en cuenta- se le impide el ministerio. Por el contrario, se mira para otro lado si está apegado al dinero, si es un déspota, si tiene dividida a la comunidad, si es incapaz de coordinar y respetar la participación de todos, si no sabe o no quiere discernir los carismas de los hermanos, si no cuida de los más pobres, si no tiene “consejo pastoral” o “económico”, si gasta el dinero en suntuosidades y vestimenta lujosa, si es vanidoso y soberbio, si no prepara las homilías… Incluso si es poco dado a la oración y a ejercicios espirituales… Nada de esto será motivo de apartarlo del ejercicio ministerial.
¡Pobres sacerdotes de rito oriental!

¿Conoces algún caso en que se expediente a un clérigo en ejercicio por alguna de estas cosas que acabo de citar? No sólo no se le abre un expediente, ni siquiera una monición seria. No sea que se enfade y amenace con “irse a su casa”. Pero si ama a una mujer y quiere vivir en pareja, aunque su corazón esté lleno del amor divino, dirán que tiene el corazón “dividido”, y, por tanto, no puede ejercer el ministerio. ¡Pobres sacerdotes de rito oriental, aunque el concilio Vaticano II les llame “sacerdotes de grandísimo merito”! (PO 16). Por cierto ya en los debates conciliares un buen número de Padres participantes (más de 200, los más conservadores) pedían cambios en esta alusión a los sacerdotes casados: que se suprimiera ese párrafo todo él, porque este párrafo debilitaba cuanto luego se decía sobre el celibato; que se suprimiera el calificativo de “sacerdotes del mérito mejor” (optimi meriti),; incluso que se dijera que los sacerdotes orientales que viven en matrimonio realizan a su modo la perfección sacerdotal, pues esta forma de sacerdocio no es la misma que la de los sacerdotes célibes y goza de distinto valor. La Comisión Redactora respondió que “el párrafo entero no puede suprimirse, pues fue aprobado por la mayoría del Aula”. Se aceptó suprimir los consejos sobre su vida conyugal, sustituyéndolos por una invitación a “perseverar en su santa vocación”. Se mantuvo el elogio de “muy prestigiosos”. No se aceptó la última proposición de hacer distinciones entre los dos sacerdocios, pues es teológicamente inadmisible (Martín Descalzo: “Un periodista en el Concilio”, PPC, 1966 t. IV p. 500-505).
Es aberrante creer que Dios es rival del amor humano
Es muy tradicional el recurso al texto de Pablo para apoyar el celibato ministerial: “quiero que estéis sin preocupaciones; el no casado se preocupa de los asuntos del Señor, cómo agradará al Señor, en cambio el casado se ocupa de los asuntos del mundo, cómo agradará a la esposa, y anda dividido…” (1Cor 7, 32-34). El mismo Vaticano II, en el decreto “sobre el ministerio y la vida de los presbíteros” (n. 16), aduce este texto para hablar de la unión a Cristo con “un corazón indiviso”. Por el contexto, esta alusión de Pablo es una invitación a centrarse en la parusía inminente, tal como se entendía en aquellos momentos. De ninguna manera puede entenderse del celibato, como estado de vida, y menos del obligatorio, y en todos los tiempos. Hoy, con la teología actual de las realidades terrenas, este texto no puede sostenerse. ¿Qué se entiende por “asuntos del Señor” y “asuntos del mundo”? ¿”Agradar a la esposa o al esposo” supone no “agradar al Señor”? El amor a Dios, a Cristo, no puede entrar en rivalidad con el amor a la familia, a la esposa, a los padres, etc. El amor de Dios, no sólo no divide el corazón, sino que lo unifica: en Dios amamos a todos con el amor más limpio y desinteresado que pueda imaginarse.

Sabiamente lo dice K. Rahner y lo explica el psicoanálisis
“No entiendo por qué ahora, para amar más al Señor, sea necesario amar menos o, lo que sería más grave, no amar a otra persona. ¿En qué Dios estamos pensando cuando nos imaginamos o proponemos que amando menos a un ser humano lo amamos más a él? ¿No es una insoportable aberración el solo hecho de proponer que Dios puede ser el rival de nuestro amor y nuestra entrega a otro ser humano? ¿No habrá que decir, más bien, que amamos más a Dios precisamente porque amamos más a otra u otras personas? ¿O es que podemos asegurar tranquilamente que el amor a Dios es una realidad “categorial”, como lo es cualquier relación nuestra con otra persona? (K. Rahner, «Bruderschaft und Brüderlichkeit»: Pastoralchetische Hefte 22. 1964. 9-35).
.

domingo, 29 de junio de 2014

La Iglesia, ¿edificada sobre el Vaticano?



José M. Castillo, teólogo
Pope Godoy, co-autor (con el catedrático de Filología Griega de la Universidad de Córdoba, Jesús Peláez, y su Grupo de Análisis Semántico) del “Diccionario Griego-Español del Nuevo Testamento” (DGENT), ha publicado en “Eclesalia” (27.VI. 14) un excelente comentario al texto evangélico de Mt 16, 19, en el que demuestra que el apóstol Pedro no es, ni puede ser, la “roca” sobre la que presuntamente Jesús edificó su Iglesia.
Pues bien, si es un error semántico (y teológico) afirmar que la Iglesia se fundamenta sobre la “roca”, que sería Pedro, mayor despropósito o equivocación es pretender – por más que esto no se diga explícitamente – que en realidad lo que Jesús instituyó en Pedro y sobre Pedro fue la primacía canónica del obispo de Roma. Y digo esto porque el especialista en eclesiología más reconocido en los últimos tiempos, el profesor Y. Congar, dejó escrito, en su “Diario de un Teólogo” (Madrid, Trotta, 2004, p. 404) lo siguiente:
“Veo cada vez con más claridad que el fondo de todo es una cuestión de eclesiología, y me doy cuenta de cuáles son las posiciones eclesiológicas que están en causa. Mi estudio de la historia de las doctrinas eclesiológicas me ayuda a ver las cosas con toda claridad. Todo parte de esto: en Mt 16, 19 los Padres han visto la institución del sacerdocio y del episcopado. Para ellos, lo que se funda en Pedro es la ecclesía; los poderes conferidos a Pedro pasan de él a la ecclesía. Dicho esto, los Padres, algunos de ellos al menos (¿los occidentales?), admiten, dentro de la ecclesía, la primacía canónica del obispo de Roma. Sin embargo, la propia Roma, y eso a partir, tal vez, del siglo II, monta las cosas de otra forma. Ella ve en Mt 16, 19 su propia institución. Para ella, los poderes no pasan de Pedro a la ecclesía, sino de Pedro a la sede romana. De suerte que la ecclesía no se forma solamente a partir de Cristo, vía Pedro, sino a partir del papa. Para la Iglesia, estar construida sobre Pedro significa, a ojos de los papas, recibir consistencia y vida del papa, en el cual, como en la cabeza, reside la plenitudo potestatis [potestad plena]”.
Esto supuesto, y en la medida en que todo esto es así para no pocos funcionarios del Vaticano, se comprende que el actual obispo de Roma, el papa Francisco, esté viviendo un “auténtico calvario”. Es un secreto a voces que el mismo papa, aclamado con entusiasmo por tantos miles y miles de personas de buena voluntad, al mismo tiempo está soportando la resistencia (incluso, a veces, el rechazo) de no pocos altos cargos de la Curia Vaticana. Son “hombres de Iglesia” que no toleran el nombramiento de ocho cardenales como los consejeros del papa en su proyecto de renovación de la Iglesia. Ocho cardenales que no pertenecen a la Curia y que, sin embargo, en asuntos de suma importancia, pueden tener – y seguramente tienen – más poder de consejo y decisión que la misma Curia. Por primera vez, en muchos siglos, los curiales se encuentran ante la posibilidad real de perder el poder que hasta ahora vienen disfrutando. Como ocurrió en el concilio Vaticano II, lo sola posibilidad de entrar en un proceso de auténtica descentralización de la “sacra potestas”, que, desde el siglo XI, se ha concentrado de forma creciente en la Curia Vaticana, pone demasiado nerviosos a los que ostentan los cargos más determinantes de las decisiones eclesiásticas que vienen de Roma.
Ahora bien, si esto efectivamente es así, la situación que acabo de describir sería la demostración más patente de que en realidad Congar tenía razón en la profunda constatación que he copiado de su diario personal. Es decir, estaríamos ante la prueba más clara de que, afectivamente, la Curia Vaticana se atribuye una historia y un poder que ciertamente no tiene su origen en Cristo, sino que solamente se puede explicar a partir de las lógicas apetencias de mando que son propias de los seres humanos, sobre todo de quienes somos demasiado humanos.
Y conste – para cerrar esta reflexión – que, si digo estas cosas, no es porque yo no quiera lo mejor para la Iglesia. Todo lo contrario. Porque la Iglesia me importa tanto, y la quiero tanto, por eso no me puedo callar ante una situación que tantísimo daño le está haciendo a esta Iglesia, que puede ser fuente y origen de tanto bien o de tanto mal para millones de seres humanos, que la queremos y la necesitamos. Si no consta que Jesús diera un poder tan decisivo a determinados cargos residentes en Roma, ¿con qué autoridad se lo apropian ellos? Mientras esta pregunta no tenga la debida respuesta, esta Iglesia que tenemos no tiene arreglo.

viernes, 2 de mayo de 2014

“La belleza salvará al mundo”


Leonardo Boff, teólogo y escritor
Aprendimos de los griegos, y luego pasó a través de todos los siglos, que todo ser por diferente que sea tiene tres características trascendentales (están siempre presentes poco importa la situación, el lugar y el tiempo): es unum, verum et bonum, es decir, goza de una unidad interna que lo mantiene en la existencia, es verdadero, porque se muestra así como es en realidad, y es bueno porque desempeña bien su papel junto los demás seres ayudándolos a existir y coexistir.
Los maestros franciscanos medievales, como Alexandre de Hales y especialmente San Buenaventura fueron los que, prolongando una tradición venida de Dionisio Aeropagita y de san Agustín, añadieron al ser otra característica transcendental: lo pulchrum, es decir, lo bello. Basados seguramente en la experiencia personal de san Francisco que era un poeta y un esteta de calidad excepcional, que “en lo bello de las criaturas veía lo Bellísimo,” enriquecieron nuestra comprensión del ser con la dimensión de la belleza. Todos los seres, incluso aquellos que nos parecen repugnantes, si los miramos con afecto, en los detalles y en el todo, presentan, cada cual a su modo una belleza singular, si no en la forma, en el modo en que todo viene articulado en ellos con un equilibrio y armonía sorprendentes.
Uno de los grandes apreciadores de la belleza fue Fiodor Dostoyevski. La belleza era tan central en su vida, nos cuenta Anselm Grün, monje benedictino y gran espiritualista, en su último libro Belleza: una nueva espiritualidad de la alegría de vivir (Vier Türme Verlag 2014) que el gran novelista ruso iba todos los años a contemplar la hermosa Madonna Sixtina de Rafael. Permanecía largo rato en contemplación delante de esa espléndida obra. Tal hecho es sorprendente, pues sus novelas penetraron en las zonas más oscuras e incluso perversas del alma humana, pero lo que en verdad lo movía era la búsqueda de la belleza. Nos legó esta famosa frase: “La belleza salvará al mundo”, escrita en su libro El idiota. 
“Seguramente no podemos vivir sin pan, pero también es imposible existir sin belleza”, repetía. Belleza es más que estética; posee una dimensión ética y religiosa. Veía en Jesús un sembrador de belleza. “Él fue un ejemplo de belleza y la implantó en el alma de las personas para que a través de la belleza todos se hiciesen hermanos entre sí”. 
Nuestra cultura dominada por el marketing ve la belleza como una construcción del cuerpo y no de la totalidad de la persona. Entonces surgen métodos y más métodos de plásticas y botoxs para hacer a las personas más “bellas”. Por ser una belleza construida, no tiene alma. Y si lo miramos bien, estas bellezas fabricadas hacen emerger personas con una belleza fría y con un aura de artificialidad, incapaz de irradiar. Ahí irrumpe la vanidad, no el amor, pues belleza tiene que ver con amor y comunicación.  
El Papa Francisco ha dado especial importancia en la transmisión de la fe cristiana a la via pulchritudinis (la vía de la belleza). No basta que el mensaje sea bueno y justo. Tiene que ser bello, pues solo así llega al corazón de las personas y suscita el amor que atrae (Exhortación La alegría del Evangelio, n 167). La Iglesia no busca el proselitismo sino la atracción que viene de la belleza y del amor cuya característica es el esplendor.
La belleza es un valor en sí mismo. No es utilitarista. Es como la flor que florece por florecer, poco importa si la miran o no, como dice el místico Angelus Silesius. ¿Pero quién no se deja fascinar por una flor que sonríe gratuitamente al universo? Así debemos vivir la belleza en medio de un mundo de intereses, trueques y mercancías. Entonces ella hace realidad su origen sanscrito Bet-El-Za que quiere decir: “el lugar donde Dios brilla”. Brilla por todo y nos hace también brillar por lo bello.
Leonardo Boff escribió La fuerza de la ternura, Editorial Mar de Idéias, Rio 2011.

Traducción de MJ Gavito Milano

sábado, 19 de abril de 2014

El Resucitado es el Crucificado


Lectura de la resurrección de Jesús desde los crucificados del mundo

Jon SOBRINO


El resucitado no es otro que Jesús de Nazaret crucificado. Nos mueve más bien una doble honradez, con los relatos del Nuevo Testamento por una parte y con la realidad de millones de hombres y mujeres por otra.
Con lo primero queremos decir que es preciso recordar que el resucitado es el crucificado, por la sencilla razón de que es verdad y de que así -y no de otra manera- se presenta la resurrección de Jesús en el NT. Esta verdad no es además sólo una verdad fáctica de la cual hubiera que tener noticia, como un dato más del misterio pascual, sino una verdad fundamental, en el sentido de que fundamenta la realidad de la resurrección y, de ahí, cualquier interpretación teológica de ella.
Con lo segundo queremos decir que en la humanidad actual -y ciertamente donde escribe el autor- existen muchos hombres y mujeres, pueblos enteros, que están crucificados. Esta situación mayoritaria de la humanidad hace del recuerdo del crucificado algo connatural y exige ese recuerdo para que la resurrección de Jesús sea buena noticia concreta y cristiana, y no abstracta e idealista. Por otra parte, son estos crucificados de la historia los que ofrecen la óptica privilegiada para captar cristianamente la resurrección de Jesús y hacer una presentación cristiana de ella. Esto es lo que pretendemos hacer a continuación: concretizar cristianamente algunos aspectos de la resurrección de Jesús desde su realidad de crucificado, lo cual, a su vez, se descubre mejor desde los crucificados de la historia.
1. El triunfo de la justicia de Dios
Muy pronto, a través de un proceso creyente, se universalizó lo ocurrido en la resurrección de Jesús. Cruz y resurrección empezaron a funcionar como símbolos universales, de la muerte, como destino de todo ser humano y su anhelo de inmortalidad, como esperanza de todo ser humano. El poder resucitante de Dios se presentó como garantía de esa esperanza más allá y contra la muerte.
Todo ello es correcto, pero conviene no precipitarse en este proceso de universalización, sino ahondar antes en la historicidad concreta del destino de Jesús.
En la primera predicación cristiana, aunque de forma ya estereotipada, la resurrección de Jesús fue presentada de la siguiente manera: "Ustedes, por mano de los paganos, lo mataron en una cruz. Pero Dios lo resucitó, rompiendo las ataduras de la muerte" (Hech 2,24; cfr. el mismo esquema en Hech 3, 13-15; 4,10; 5,30; 10,39; 13,28ss). En este anuncio se da fundamental importancia al hecho de que alguien ha sido resucitado, pero no menor importancia se da a la identificación de quién ha sido resucitado por Dios.
Este hombre no es otro que Jesús de Nazaret, el hombre que, según los evangelios, predicó la venida del reino de Dios a los pobres, denunció y desenmascaró a los poderosos, fue por ellos perseguido, condenado a muerte y ejecutado, y mantuvo en todo ello una radical fidelidad a la voluntad de Dios y una radical confianza en el Dios a quien obedecía. En los primeros discursos se le identifica como "el santo", "el justo", "el autor de la vida" (Hech 3,14s). Y muy pronto también se interpreta su destino de muerte como la suerte que corrieron los profetas (1 Tes 2,15).
La importancia de esta identificación no consiste sólo, obviamente, en saber el nombre concreto de quien ha sido objeto de la acción de Dios, sino en que a través de esa identificación, de la narración e interpretación de la vida del crucificado, se entiende de qué se trata en la resurrección de Jesús. Quien así ha vivido y quien por ello fue crucificado, ha sido resucitado por Dios. La resurrección de Jesús no es entonces sólo símbolo de la omnipotencia de Dios, como si Dios hubiese decidido arbitrariamente y sin conexión con la vida y destino de Jesús mostrar su omnipotencia. La resurrección de Jesús es presentada más bien como la Respuesta de Dios a la acción injusta y criminal de los seres humanos. Por ello, por ser respuesta, la acción de Dios se comprende manteniendo la acción de los seres humanos que origina esa respuesta: asesinar al justo. Planteada de esta forma, la resurrección de Jesús muestra en directo el triunfo de la justicia sobre la injusticia; no es simplemente el triunfo de la omnipotencia de Dios, sino de la justicia de Dios, aunque para mostrar esa justicia Dios ponga un acto de poder. La resurrección de Jesús se convierte así en buena noticia, cuyo contenido central es que una vez y en plenitud la justicia ha triunfado sobre la injusticia, la víctima sobre el verdugo.
2. El escándalo de la injusticia que da muerte
La acción victoriosa de Dios en la resurrección de Jesús no debe hacer olvidar la suma gravedad de la acción de los hombres y mujeres, a la cual es respuesta. Los primeros discursos lo repiten continuamente: "ustedes lo mataron". Es cierto que se tiende a suavizar la responsabilidad en el asesinato de Jesús: "Hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia" (Hech 3,17). Pero esta frase consoladora y motivadora de la conversión no reduce en absoluto la suma gravedad de asesinar al justo. En la resurrección acaece ejemplarmente la afirmación paulina de que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia; pero esa sobre-abundancia de la gracia recalca más lo extremoso del pecado de asesinar al justo.
Si se toma con seriedad la presentación dual y antagónica de la acción de Dios y de los seres humanos en el destino de Jesús entonces se puede replantear al menos en qué consiste el escándalo primario de la historia y cómo debemos enfrentarlo. Una concentración unilateral en la acción resucitadora de Dios presupone con frecuencia que ese escándalo es en último término la propia muerte futura. Según eso, lo que posibilita y exige la resurrección es el coraje de la esperanza en la propia supervivencia personal. Pero si se sigue escuchando la afirmación de que "ustedes lo mataron", entonces lo que resalta en primer lugar como escandaloso no es simplemente la muerte, sino el asesinato del justo y la posibilidad humana, mil veces hecha realidad, de dar muerte al justo. La pregunta que, lanza la resurrección es si participamos nosotros también en el escándalo de dar muerte al justo, si estamos del lado de los que le asesinan o del lado de Dios que le da vida.
La resurrección de Jesús no sólo nos plantea el problema de cómo podemos habérnoslas con nuestra propia muerte futura, sino que nos recuerda que tenemos que habérnoslas ya con la muerte y la vida de los otros; que la tragedia del ser humano y el escándalo de la historia no consiste sólo en el hecho de que el ser humano tiene que morir él, sino en la posibilidad de dar muerte al otro. Estas reflexiones no pretenden minimizar el problema universal de la muerte ni hacer pasar a segundo término el indudable mensaje de esperanza que aparece en la resurrección de Jesús. Sólo pretenden recalcar que existe ya el inmenso escándalo de la injusticia que da muerte en la historia, y que el modo de enfrentar ese escándalo es la forma cristiana de enfrentar también el escándalo de la propia muerte personal. Dicho en otras palabras, el coraje cristiano en la propia resurrección vive del coraje para superar el escándalo -histórico de la injusticia; la necesaria esperanza, como condición de posibilidad de creer en la resurrección de Jesús como futuro bienaventurado de la propia persona, pasa por la práctica del amor histórico de dar ya vida a los que mueren en la historia.
También para la esperanza en la propia resurrección vale la universal fórmula evangélica de olvidarse de uno mismo para recobrarse cristianamente. Aquel para quien su propia muerte sea el escándalo fundamental y la esperanza de supervivencia su mayor problema, no tendrá una esperanza cristiana ni nacida de la resurrección de Jesús; tendrá una esperanza centrada en sí y para sí mismo, lo cual es comprensible, pero no necesariamente la esperanza cristiana. Aquello que descentra nuestra propia esperanza para hacerla en verdad esperanza cristiana es tomar como absolutamente escandalosa la muerte actual de los crucificados, con la que no se puede pactar, ni de la que se debe hacer algo en último término secundario para la propia persona en virtud de la esperanza de la propia resurrección. Ese escándalo histórico es la mediación cristiana para el escándalo de la propia muerte; y la lucha decidida, perseverante, verdaderamente 'contra esperanza', en favor de la vida de los seres humanos, es la mediación cristiana para que se mantenga la esperanza en la propia resurrección.
3. Esperanza para los crucificados
La actual teología de la resurrección ha superado acertadamente la concepción dolorista del cristianismo. Ha recalcado, en distinción y a veces en oposición a otros símbolos de esperanza -como los provenientes de la filosofía griega-, que «su» símbolo de esperanza se acredita mejor que otros, porque recoge los aspectos corpóreos, sociales y aun cósmicos de la resurrección. Con ello ha recobrado aspectos fundamentales del NT y ha pretendido ponerse a tono con las exigencias de las antropologías actuales. Ha pretendido con razón hacer creíble el símbolo cristiano de la resurrección. Pero en nuestra opinión se ha precipitado demasiado al universalizar ese símbolo, sus destinatarios y el lugar hermenéutico de comprensión. Contra esa precipitada universalización queremos hacer una corrección.
Si se toma en serio lo dicho hasta ahora, se deduce, no por una lectura fundamentalista de los textos, sino por una profunda honradez hacia ellos, que la resurrección de Jesús es esperanza en primer lugar para los crucificados. Dios resucitó a un crucificado, y desde entonces hay esperanza para los crucificados de la historia. Estos pueden ver en Jesús resucitado realmente al primogénito de entre los muertos, porque en verdad y no sólo intencionalmente lo reconocen como el hermano mayor. Por ello podrán tener el coraje de esperar su propia resurrección y podrán tener ánimo ya en la historia, lo cual supone un 'milagro' análogo a lo acaecido en la resurrección de Jesús.
La correlación entre resurrección y crucificados, análoga a la correlación entre reino de Dios y pobres, que predicó Jesús, no significa desuniversalizar la esperanza de todos los seres humanos, sino encontrar el lugar correcto de su universalización. Ese lugar, el mundo de los crucificados, no es un lugar excepcional o esotérico. No hay que olvidar que la cruz de Jesús, antes de ser la cruz -lenguaje al que nos hemos acostumbrado- es una cruz entre muchas otras antes y después de Jesús. No hay que olvidar que son hoy millones en el mundo los que no simplemente mueren, sino que de diversas formas mueren como Jesús "a mano de los paganos", a mano de los modernos idólatras de la seguridad nacional o de la absolutización de la riqueza. Muchos seres humanos mueren realmente crucificados, asesinados, torturados, desaparecidos por causa de la justicia. Otros muchos millones mueren la lenta crucifixión que les produce la injusticia estructural. Existen hoy pueblos enteros convertidos en piltrafas y deshechos humanos por las apetencias de otras personas, pueblos sin rostro ni figura, como el crucificado. Esto, desgraciadamente, no es pura metáfora, sino realidad cotidiana. Desde un punto de vista cuantitativo, lo que en verdad acredita hoy la resurrección de Jesús es que puede dar esperanza a inmensas mayorías de la humanidad.
Desde un punto de vista cualitativo, la resurrección de Jesús se convierte en símbolo universal de esperanza en la medida en que todos los hombres y mujeres participen de alguna forma en la crucifixión; dicho de otra forma, en la medida en que la muerte de todo hombre tenga la calidad de la crucifixión. Esta es la muerte cristiana por antonomasia y desde ese tipo de muerte se puede tener la esperanza cristiana de resurrección. Hay que participar, pues, de la crucifixión, aunque sea analógicamente, para que exista una esperanza cristiana.
No es este el momento para analizar sistemática o fenomenológicamente la analogía de la crucifixión. Digamos solamente que cuando la muerte propia no es sólo producto de las limitaciones biológicas ni del desgaste que produce mantener la propia vida, sino cuando es producto de entrega por amor a los otros y a lo que en los otros hay de desvalido, pobre, indefenso, producto de la injusticia, entonces existe una analogía entre esa vida y esa muerte y la vida y la muerte de Jesús. Entonces -y sólo entonces, desde un punto de vista cristiano- se participa también en la esperanza de la resurrección. La comunidad en la vida y destino de Jesús es lo que da esperanza de que se realice también en nosotros lo que se realizó en Jesús.
Fuera de esa comunidad con el crucificado, aunque sea analógicamente y diversas formas, la resurrección sólo dice la posibilidad de supervivencia. Pero esa misma supervivencia –como afirma la más clásica doctrina de la Iglesia- es ambigua: puede ser salvación o condenación. Para que haya esperanza de propia supervivencia y de que esa supervivencia sea salvífica, hay que participar en la crucifixión. Desde ahí se puede universalizar la esperanza de la resurrección y hacer de ésta una buena noticia para todos. Pero, para que esta universalización sea cristiana, hay que partir, como en tantas ocasiones, de la escandalosa paradoja cristiana: la buena noticia es para los pobres, la resurrección es para los crucificados.
4. La credibilidad del poder de Dios a través de las cruz
Los crucificados de la historia esperan la salvación. Para ello saben que es necesario el poder, pero desconfían por otra parte de lo que sea puro poder, pues éste siempre se les muestra desfavorable en la historia. Lo que desean es un poder que sea realmente creíble. Las simples promesas no desencadenan necesariamente, por maravillosas que sean, la esperanza; esto sólo lo consiguen las que se pronuncian con credibilidad. Por ello, tan importante es confesar la omnipotencia de Dios, que es capaz de "dar vida a los muertos y llamar a la existencia a lo que no existe" (Rom 4,17), como asegurarse del amor de Dios, es decir, de que ese poder sea creíble. Para ello hay que volver de nuevo al crucificado y reconocer en el la presencia de Dios, como dice Pablo, y la expresión del amor de Dios, que entrega a su Hijo por amor. Sin estas consideraciones, por muy amenazadas que estén de antropomorfismo, o por insondable que sea el misterio que expresan, el poder de Dios en la resurrección no es sin más una buena noticia.
En la cruz de Jesús ha aparecido en un primer momento la impotencia de Dios. Esa impotencia por sí misma no causa esperanza, pero hace creíble el poder de Dios que se mostrará en la resurrección. La razón está en que la impotencia de Dios es expresión de su absoluta cercanía a los pobres y de que comparte hasta el final su destino. Si Dios estuvo en la cruz de Jesús, si compartió de ese modo los horrores de la historia, entonces su acción en la resurrección es creíble, al menos para los crucificados. El silencio de Dios en la cruz, que tanto escándalo causa a la razón natural y a la razón moderna, no lo es para los crucificados, pues a éstos lo que realmente les interesa saber es si Dios estuvo también en la cruz de Jesús. Si así es, se ha consumado la cercanía de Dios a los seres humanos, iniciada en la encarnación, anunciada y presentizada por Jesús durante su vida terrena. Lo que la cruz dice en lenguaje humano es que nada en la historia ha puesto límites a la cercanía de Dios a los seres humanos. Sin esa cercanía, el poder de Dios en la resurrección permanecería como pura alteridad, por ello ambiguo y para los crucificados históricamente amenazante. Pero con esa cercanía pueden realmente creer que el poder de Dios es buena noticia, porque es amor. La cruz de Jesús sigue siendo en lenguaje humano la expresión más acabada del inmenso amor de Dios a los crucificados. La cruz de Jesús dice creíblemente que Dios ama a los hombres y mujeres, que Dios pronuncia una palabra de amor y salvación y que El mismo se dice y se da como amor y como salvación; dice -permítasenos la expresión- que Dios ha pasado la prueba del amor, para que después podamos creer también en su poder.
Cuando se ha captado la presencia amorosa de Dios en la cruz de Jesús, entonces su presencia en la resurrección deja de ser puro poder sin amor, alteridad sin cercanía, el deus ex machina sin historia. La acción resucitadora de Dios y la esperanza en la propia resurrección siguen siendo, por supuesto, objetos de fe y de esperanza. La presencia de Dios en el crucificado no hace más evidentes ni más demostrables esas realidades. Los crucificados son quienes más dificultad debieran tener en esa fe y esa esperanza. Pero cuando oyen que Dios estaba en la cruz de Jesús, han comprendido algo sumamente importante: que el poder de Dios no es opresor, sino salvador; que no es pura alteridad con respecto a ellos, sino amorosa cercanía. De esa forma la resurrección de Jesús se puede convertir en "su" símbolo de esperanza.
Una resurrección hecha creíble por la cercanía de Dios en la cruz confirma también para los crucificados su más profunda intuición en el presente, aunque esta intuición esté siempre amenazada por la resignación, el escepticismo o el cinismo. En el fondo, más real es el bien que el mal, aunque éste nos inunde por todas partes; más real es la gracia que el pecado, aunque éste siga dando muerte; más verdad hay en la tozudez de la esperanza, en intentar siempre lo nuevo, en buscar siempre las liberaciones históricas, en no pactar con lo limitado y pecaminoso de la historia, aunque ambas cosas estén omnipresentes, que en la aparente sabiduría de la resignación.
La tozudez de la esperanza es lo que la resurrección dice en último término a los crucificados; y lo dice porque es manifestación no sólo del poder, sino del amor de Dios. El puro poder no genera necesariamente esperanza, sino un optimismo calculado. El amor, sin embargo, transforma las expectativas en esperanza. El Dios crucificado es lo que hace creíble al Dios que da vida a los muertos, porque lo muestra como un Dios de amor y, por ello, como esperanza para los crucificados.
5. El señorío de Jesús en el presente: la persona nueva y la tierra nueva
La resurrección de Jesús apunta al futuro absoluto, pero apunta también al presente histórico. Jesús es ya ahora Señor y los creyentes son ya ahora los hombres y mujeres nuevos. La resurrección de Jesús no les separa de la historia, sino que les introduce en ella de una nueva forma, y los creyentes en el resucitado deben vivir ya como resucitados en las condiciones de la historia. Más aún, existe una correlación entre ambas novedades: el señorío actual de Jesús se muestra en que existan los hombres nuevos, y éstos son los que hacen realidad in actu el que Jesús sea ya ahora Señor.
Esta gran y consoladora verdad remite, sin embargo, de nuevo al crucificado. Sin el activo y eficaz recuerdo del crucificado el ideal de la persona nueva toma un rumbo peligroso y anticristiano, pretendiendo una identificación en directo con el resucitado. De ahí se deducen funestas consecuencias de dos tipos. 0 se equipara a la persona nueva con la persona que se ha salido de la historia y la abandona a su suerte, de lo que dan prueba todo tipo de movimientos entusiásticos, pentecostales, etc. -sean cuales fueren sus intenciones-, o, lo que es peor, se equipara a la persona nueva nuevo con el ser humano que mira la historia de arriba abajo, pretendiendo imitar así el gesto del resucitado, tratando de someterla en nombre del poder del resucitado, de lo que dan prueba muchas actitudes autoritarias y dogmatistas de la Iglesia con respecto a los hombres y mujeres.
Esta perversión en la comprensión y práctica de la peersona nueva tiene su origen en lo que podemos llamar la comprensión 'docética' de la resurrección de Jesús. Esta comprensión no niega la carne de Jesús, como el docetismo clásico, pero hace de la vida y, sobre todo, de la cruz de Jesús algo provisional, que desaparece efectivamente cuando acaece la resurrección. De esta forma se presenta un resucitado sin cruz, un final sin proceso, una transcendencia sin historia, un señorío sin servicio.
No podemos detenernos ahora a detallar en concreto las perniciosas consecuencias históricas del peligro que aquí formulamos abstractamente. Queremos solamente recordar al crucificado para superar el peligro de cualquier tipo de identificación directa con el crucificado y, positivamente para mostrar cómo las personas nuevas pueden vivir ya como resucitadas en la historia.
El camino hacia el hombre y la mujer nuevos no es otro que el camino de Jesús hacia su resurrección. De éste se dice que fue constituido Señor por su abajamiento, con lo cual se dicen dos cosas. La primera es que Jesús pasó por un proceso de llegar a ser Señor; y la segunda es que ese proceso fue un proceso de fidelidad a la historia concreta que produjo ese abajamiento. Tampoco para la persona nueva hay otro camino. Sería un grave error pensar que sólo para Jesús fueron necesarias la encarnación y la fidelidad a la historia, como si se nos ahorrase a nosotros lo que no se le ahorró a él. Por decirlo gráficamente, sería un grave error pretender apuntarse a la resurrección de Jesús en su último estadio, sin recorrer las mismas etapas históricas que recorrió Jesús. La vida de la persona nueva sigue siendo esencialmente un proceso.
El contenido de ese proceso, que es descrito como proceso de abajamiento, es de sobra conocido. Se trata de la encarnación en el mundo de los pobres, de anunciarles a ellos la buena noticia, de salir en su defensa, de denunciar y desenmascarar a los poderosos, de asumir el destino de los pobres y la última consecuencia de esa solidaridad, la cruz. En esto consiste el vivir ya como resucitados.
En frase de Pablo, consiste en "hacerse hijos en el Hijo"; en frase más histórica, en el seguimiento de Jesús. Vivir ya como hombres y mujeres resucitados es recorrer el camino de Jesús, no la identificación directa con el resucitado; es recorrer en fidelidad a la historia el camino que lleva a la cruz.
El actual señorío de los creyentes no es otra cosa que el servicio a la historia en que se deben encarnar, y de esa forma, además, hacen verdad real que Cristo es ya ahora Señor de la historia. Ese señorío no se ejercita simplemente porque los creyentes le reconozcan como Señor, sino al ser ellos servidores in actu. Al hablar del reino de Cristo en el presente, nada habría más alejado de la verdad que pensar que Cristo quiere ahora ser servido, tener a todo el mundo como vasallo. La verdad es muy otra. El reino de Cristo se hace real en la medida en que hay servidores como él lo fue.
Sin duda es ésta la gran paradoja cristiana, abundantemente repetida, pero difícilmente asimilada: ser señor es servir. La resurrección de Jesús no ha eliminado esa paradoja, sino que la ha sancionado definitivamente. Por ello el señorío de Cristo se muestra en el carácter servicial de la vida de los creyentes y en la eficacia de ese servicio hacia el mundo.
Lo primero quiere decir que el ser humano nuevo no es otro que el ser humano servidor, el que cree en verdad que más feliz es el que da que el que recibe, que es más grande el que más se abaja para servir. Lo segundo quiere decir que ese servicio es para la salvación del mundo.
En el NT se afirma que Jesús ejerce ya un señorío 'cósmico'. Este lenguaje produce vértigo, pero puede ser fácilmente comprensible si se historiza desde otro tipo de lenguaje neotestamentario, como el de «tierra nueva y cielo nuevo», o, sobre todo, desde el lenguaje del mismo Jesús: "el reino de Dios». El creyente es señor de la historia en el trabajo por la instauración de ese reino, en la lucha por la justicia y por la liberación integral, en la transformación de estructuras injustas en otras más humanas. Usando el lenguaje de la resurrección, podríamos decir que el señorío se ejerce repitiendo en la historia el gesto de Dios que resucita a Jesús: dar vida a los crucificados de la historia; dar vida a quienes están amenazados en su vida. Esta transformación del mundo y de la historia según la voluntad de Dios es la forma que toma el señorío de Jesús -que se hace así, además, verificable-, y quien a ella se dedica, vive como resucitado en la historia.
Seguimiento de Jesús, servicio, trabajo por el reino, son realidades exigidas por el Jesús histórico. Quizá se pregunte alguien por qué llamarlas formas de vivir ya como resucitarlos o qué añade la resurrección de Jesús a esas exigencias.
En cuanto al contenido, nada nuevo añaden. Cómo tengamos que vivir en la historia lo sabemos a partir del Jesús histórico. Lo que dice la resurrección es que esa vida es la verdadera vida, y que es la 'nueva' vida, no porque con ella se supere la historia, sino porque con ella se supera el pecado de la historia. Sin embargo, la resurrección de Jesús añade la permanente presencia de Jesús entre nosotros y con ello posibilita dos modalidades -no dos contenidos nuevos- de cómo vivir históricamente su seguimiento.
En el NT se recalca que el ser humano nuevo es el ser humano libre, y esto se justifica desde la resurrección porque "el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad" (2 Cor 3,17). Esta libertad, evidentemente, nada tiene que ver con libertinaje, ni con salirse de la historia. Tampoco creemos que se debe apelar a esa libertad en un primer momento para propio beneficio dentro de la Iglesia, como ocurre en cierta teología de corte liberal e ilustrado, aunque esto sea legítimo por otros capítulos. Pero no está ahí la libertad fundamental que produce la presencia del resucitado. Esta consiste más bien en no estar esclavizado a la historia, al miedo; en no estar paralizado por los riesgos y la prudencia mundana. Positivamente consiste en la máxima libertad del amor para servir, sin que nada ponga límites al servicio. Consiste en el fondo en la actitud del mismo Jesús que da su vida libremente, sin que nadie se la quite.
Una vida radicalmente libre para servir trae consigo su propio gozo, aun en medio de los horrores de la historia. En ese gozo se hace notar la presencia del resucitado. En medio de la historia se escuchan sus palabras: "no teman", "yo estaré siempre con vosotros". Pablo repite exultantemente que "nada nos separará del amor de Cristo". A pesar de todo y en contra de todo, el seguimiento del crucificado produce su propio gozo.
Esa libertad y ese gozo son la expresión de que vivimos ya como seres humanos nuevos, resucitados en la historia. Son la expresión histórica entre nosotros de lo que hay de triunfo en la resurrección de Jesús. Hacen que el seguimiento de Jesús no sea el cumplimiento de una pura exigencia ética que se mantiene por sí misma, sino que ese seguimiento lleve en sí mismo la marca de la verdad y del sentido. Pero, recordémoslo una vez más, ni la libertad ni el gozo, ni cualquier otra expresión que se remita a la resurrección de Jesús, son cristianamente posibles al margen o en contra del seguimiento de Jesús crucificado. No hay otro camino para el ser humano nuevo, para la persona que quiere participar ya en el señorío de Jesús; pero en ese camino se vive realmente como resucitado y como señor de la historia.
6. Una palabra final a la Iglesia
Con frecuencia es difícil para la Iglesia anunciar la resurrección de Jesús. La raíz de la dificultad creemos que estriba en querer anunciarla en directo, olvidando al crucificado. Cuando esto ocurre, el anuncio de la resurrección se vuelve rutinario o símbolo de esperanza universal, que puede desencadenar emociones en la celebración litúrgica, pero poca efectividad para la vida histórica. Puede ocurrir también que la Iglesia escuche de sus oyentes lo que los atenienses dijeron a Pablo: "no nos interesa". Y en el fondo no habría por qué sorprenderse. El anuncio de la resurrección de Jesús es revelación de Dios que culmina una historia de revelación. Quien se quiera apuntar sólo al final de esa historia, no entenderá ese final.
Pero quien haya recorrido ese camino desde el principio, quien haya hecho suyo el camino de Jesús, la locura y el escándalo de la cruz, quizás pueda oír desde fuera -cuando se le anuncia la resurrección de Jesús- la palabra que lleva dentro: que la vida de Jesús fue la verdadera vida y por ello Jesús permanece para siempre; que la vida es más fuerte que la muerte; que la justicia es más fuerte que la injusticia; que la esperanza es más real que la resignación. La fidelidad a la historia según el seguimiento de Jesús le hará esperar un final bienaventurado, para él y para otros, sin saber exactamente ni cómo ni cuándo, pero con la convicción creciente e inconmovible de que esa historia de horrores es atraída hacia sí por Dios.
Por ello creemos que la primera pregunta que se dirige a la Iglesia, precisamente cuando quiere anunciar la resurrección de Jesús, es si está en verdad junto a la cruz de Jesús y junto a las innumerables cruces actuales de la historia. No hay otro lugar para poder hablar cristianamente de la resurrección de Jesús. Cuando eso no ocurre, sobreviene la sensación de impotencia para hablar de la resurrección, los impases teóricos y prácticos para decir a los hombres y mujeres algo tan sencillo como es el que pueden vivir ya como resucitados y cómo hacerlo, aparece el lenguaje precipitado del "misterio" y de la "fe"; precipitado, no porque la resurrección no tenga que ser expresada en ese lenguaje, sino porque no hay suficiente historia que dé lucidez a ese lenguaje.
Cuando la Iglesia, sin embargo, está junto al crucificado y los crucificados, sabe cómo hablar del resucitado, cómo suscitar una esperanza y cómo hacer que los cristianos vivan ya como resucitados en la historia. Quizá las palabras que se usen sean las mismas que se usan en otros lugares; pero tienen un significado distinto; los cristianos las entienden y esas palabras desencadenan vida cristiana. Baste citar como ejemplo la predicación de Mons. Romero sobre Jesús resucitado.
La razón para ello no es otra que en los crucificados de la historia se hace hoy presente Jesús, como lo recuerda Mt 25. En ellos se ha vuelto a aparecer Jesús, mostrando ciertamente más sus heridas que su gloria, pero estando realmente en ellos.
Todo lo dicho podrá parecer locura o el summum de una refinada dialéctica. También el autor es consciente de que la situación de El Salvador y de Centroamérica reproduce mucho más el viernes santo que el domingo de pascua, y por ello tienda a hacer de la 'necesidad' de ese viernes santo la 'virtud' del domingo de resurrección. A pesar de todo, sin embargo, terminamos como comenzamos. La resurrección del crucificado es verdad. Será locura, como lo fue para los corintios. Pero fuera de esa locura, por ser verdad, o fuera de esa verdad, aunque sea locura, la resurrección de Jesús no pasaría de ser uno de tantos símbolos de esperanza en la supervivencia que los hombres han diseñado en sus religiones o filosofías, pero no sería el símbolo cristiano de esperanza.
Esa verdad se sigue repitiendo históricamente. El énfasis en el crucificado no está al servicio de una construcción dialéctica conceptual, sino que proviene de constatar la realidad histórica de los crucificados. Cuando se le preguntó a un agente de pastoral de una comunidad de base de El Salvador, muy castigado por la represión, qué hacían como Iglesia, respondió sencillamente: mantener la esperanza de los que sufren. Y para ello, añadió, leemos los profetas y la pasión de Jesús. Así esperamos la resurrección.
Nadie como los crucificados esperan la resurrección, pero mantienen esa esperanza recordando la vida y muerte de Jesús, tratando de reproducirlas activamente o sufriendo pasivamente la suerte que les asemeja a Jesús como el siervo de Yahvé desfigurado. Paradójicamente, eso genera esperanza.
Desde los crucificados de la historia, sin pactar con sus cruces, es desde donde hay que anunciar la resurrección de Jesús. En ellos está hoy presente Jesús; en el servicio a ellos se hace hoy presente el señorío de Jesús; en la tozudez de no pactar con sus cruces y buscar siempre la liberación de esas cruces se hace presente in actu y a la manera histórica la esperanza inconmovible. Desde ahí se puede entender un poco más de qué se trata al hablar de la resurrección de Jesús y desde ahí se puede corresponder en la historia a la realidad del resucitado.